La gran inundación

[Acerca del libro Las piezas que arman el mundo (la epidemia en la literatura y como nuevo orden autoritario)]

            De pronto comienza una lluvia incesante, el río que  bordea a un pueblo se desborda y lo arrasa. En un punto elevado y a cierta distancia del pueblo hay una iglesia, entonces los pobladores marchan hacia el promontorio y se refugian en ella y, ante el azoramiento del párroco y su ayudante, la invaden en una promiscuidad que, la falta de aire y luz y esos etenos días y noches de incesante lluvia, hacen más terrible.

            La vida ha retrocedido, también las reglas. El mundo conocido se ha convertido en otro, todo lo que sucede es distinto a lo que sucedía antes y también es inevitable. Sin embargo, si fuese posible establecer un orden justo, la calamidad sería quizás menos terrible de transitar pero así, se ha vuelto a otro  orden, uno salvaje y primitivo.

            Cuando parece que el cielo está por abrirse y aclarar, las oscuras nubes vuelven a cubrirlo, suena un trueno apocalíptico y la lluvia comienza a caer de nuevo sobre los ansiosos rostros que miran, implorantes,  hacia lo alto.

            Tal es el relato La inundación (1944), de Ezequiel Martínez Estrada (San José de la Esquina, Argentina, 1895; Bahía Blanca, Argentina, 1964).

            El arte suele distanciarse de las cosas y sintetizarlas  y expresarlas  de una manera muy diferente a la del modo ordinario de percibirlas. Al hacerlo nos revela algo diferente y no siempre fácil de ver.

Varado en el sur  

En las historias de navegantes son frecuentes las peripecias más grandes, que llevan hasta ese límite que separa la esperanza de la desesperanza. Significan unas veces la imposibilidad de hacer frente a esas peripecias y otras el surgimiento de una determinación por vivir que antes era desconocida.

En 2019, con la moto lista para viajar al sur, me sobrevino un grave problema de salud que significó que para poder salvar mi vida debiera ser sometido a una cirugía hepática de gran complejidad. Nunca dudé de que todo fuera a salir bien y una de las cosas a las que me aferraba durante aquella internación, en el Hospital Italiano de Buenos Aires, era hacer aquel viaje postergado que tan cuidadosamente había planeado.

Sin embargo, apenas llegué al sur las fronteras de las provincias y los límites de los pueblos se habían cerrado por prohibiciones que surgían con abrumadora rapidez: cada una de ellas era más amenazante que la anterior y entre todas se cernían como una cárcel. Convertían en sospechosas a todas las personas y la abrumadora mayoría las justificaba y aprobaba. Muy pocos días después fue declarada la cuarentena obligatoria.

Pese a que en Lago Puelo, donde había quedado varado, no se hubiesen registrado casos y que en los tres días inmediatamente posteriores a mi llegada aún fuera posible volver, no conseguí que nadie –ante el cierre de los hoteles- me hospedara durante la primera etapa del viaje de regreso.

La solidaridad se había cerrado igual que los caminos.

Un nuevo orden acababa de sirgir; en ese nuevo escenario la razón se había convertido en ramas y troncos a la deriva, arrastrados por una corriente donde imperaba un torrente que nada parecía capaz de detener.

Entre mi equipaje llevaba dos cuadernos y la biografía de Antoine de Saint Exupéry. Durante los últimos controles de salud en Buenos Aires, inesperadamente, la lectura de Tierra de Hombres me empujó, de una manera imperiosa, a comenzar a escribir una novela sobre la etapa del hospital y la anterior. Su título (En el centro del desierto) está tomado, precisamente, de un capítulo de la obra de Saint Exupéry.

El modo en que, finalmente, pude volver, obligado a cubrir la distancia de 1650 km que me separaban de mi casa en una sola etapa de 26 horas terminó siendo el capítulo final de esa novela.

Es de lo que sucedió luego de lo que quiero contarles.

Defoe, Camus y Martínez Estrada

Por entonces, la novela La peste (1947), de Albert Camus (1913-1960), fue reeditada y las tiradas comenzaron a agotarse rápidamente. Al regresar, siempre con el relato La inundación (1944) en la mente,  la leí dos veces.

Camus se propuso construir una metáfora sobre la ocupación alemana en Francia. La invasión –de un virus llevado por las ratas o de un enemigo despiadado- sólo podía ser enfrentada con honestidad y ante ella no imperaba el impulso de la propia salvación sino el compromiso con los demás.

Sin embargo, no fue hasta la relectura de Diario del año de la peste (1722), de Daniel Defoe (1667-1731) que, súbitamente, casi tan rápido como la epidemia,  la idea del libro surgió, y comencé a trabajar detenidamente sobre los tres textos mencionados.

El relato de Defoe era tan preciso, sencillo, profundo y actual que resultaba posible reconocer que las circunstancias de las que el narrador daba cuenta  eran prácticamente las mismas que sucedían siglos más tarde.

De todo ello se podía extraer la tópica de la peste, es decir, sus aspectos relevantes: la inhumanidad que de pronto surge en ciertas prácticas, la inefectividad y falta de justicia de las normas, el descenso de la condición humana, los discursos que nunca pueden dar cuenta de la verdad de las cosas, la idea de que la peste ataca a todos por igual pero reproduce la desigualdad y otros puntos.

Todo ello hacía evidente que la relación del poder y la emergencia no habían variado a lo largo de la historia, que nada era nuevo y que en los peores momentos no hay que pensar solamente en lo que nos conviene sino lo correcto, ya que la salvación es del conjunto.

De los derechos humanos ya no se hablaba

El carácter de prisioneros de la peste que teníamos los varados, a quienes se nos impedía retornar – a diferencia de mí, muchos padecían situaciones desesperantes- estaba signado por la naturalización de que sólo el poder férreo e indeclinable podía ser apto para enfrentar la emergencia y –en un imaginario bélico, el de “la lucha contra el enemigo invisible”- ese poder no sólo no podía ser interpelado sino que debía expandirse todo lo que fuera necesario.

Los resultados obtenidos luego de un año demostraron que no era así, no obstante, ese poder se redoblaría una y otra vez sin que aquello eficaz para tratar la peste (la prevención, la vacunación y el fortalecimiento del sistema de salud) fueran atendidos. Ello a punto tal que se criminalizó, por ejemplo,  a quienes salían a pasear su perro, pero no a quienes privilegiaban la vacunación de personas determinadas, cambiando el orden de prioridades que la emergencia demandaba.

No sólo no había derechos humanos sino que nadie los echaba en falta: el componente autoritario de la sociedad había emergido con una fuerza tan inusitada como la del virus.

Le emergencia era “gestionada” por decretos inconstitucionales y las provincias se habían convertido en feudos o reinos independientes, a grado tal que a un padre se le negó la entrada a una provincia donde su hija estaba muriendo de cáncer: cada una podía exigir requisitos nuevos o cercenar derechos esenciales sin que nada la detuviese.

Muchos vimos amenazada la continuidad de nuestros tratamientos médicos y otros debieron acampar a la vera de rutas en las cuales no se les permitía proseguir su viaje.

La condición de ciudadanos se había perdido, ahora éramos vasallos.

También se había perdido el sentido de las normas: su corrección, su aceptabilidad general, su efectividad y razonabilidad o la justicia intrínseca de sus dictados, habían desaparecido: ellas no estaban allí para garantizar nuestros derechos sino para amenazar, poner en riego y reprimir.

La Convención Americana de Derechos Humanos –como otros instrumentos internacionales- había sido la primera víctima de la pandemia y no es posible determinar qué era más grave, si ese hecho o el de que nadie se hubiera percatado de eso.

Ya no había una tutela legal efectiva, una garantía al derecho a la dignidad personal, a la salud, a la libertad, a transitar.

El azar nos gobierna

Pude volver por el dictado de una disposición que permitía a los varados regresar dentro de un plazo de 48 horas (quienes habían quedado más lejos no pudieron viajar).

Las normas no estaban allí para proteger ni para resolver situaciones apremiantes sino para poner en riesgo y amenazar. El poder público no tenía como misión contemplar los casos individuales: todos debíamos arreglárnoslas solos, tratando de buscar el resquicio para colarnos por un laberinto de normas en pos de poder alcanzar ese derecho superior que las disposiciones nos quitaban.

  Una de los peores momentos no fue el de las estaciones de servicio desiertas y el consiguiente  terror de no conseguir combustible, o el cansancio de viajar todo el día y toda la noche, sino la niebla entre Tres Arroyos y Necochea. Hubiera bastado un segundo para ser arrollado en la niebla o salir de la ruta, apenas visible. Fue el puro azar –el mismo que establecido el plazo de 48 horas- el que gobernó la situación, en lugar de la razón o de las condiciones de la humana previsibilidad.

También es el azar el que gobierna nuestra vida: si nos vacunan, si llegará la segunda dosis o si por falta de ella habremos de morir como tantos murieron.

Las piezas que arman el mundo, ensambladas por siglos de ideas y de luchas de la humanidad en pos de establecer un sistema balanceado, igualitario, previsible y justo, ya no coinciden y asistimos al colapso de una construcción en la cual vivimos hasta ayer.

Un arca a la deriva

“Abro los ojos y no veo nada; sólo recuerdo que hubo algún accidente. Cada uno corrió para salvarse, lo mejor que pudo. En lo que a mí respecta, no lo puedo recordar”, dice la voz del personaje que abre la historia en El arca rusa. Nunca lo vemos pero él inicia y concluye la historia.

Todos corrimos para salvarnos pero no sabemos que sucedió con nosotros, si efectivamente pudimos lograrlo o no.

La salvación es posible por el mero azar de la peste, no por la acción del sistema que la regula y si intentamos avizorar un horizonte redentor no vemos nada.  

 Sin embargo, al final, cuando cierra la historia, el mismo personaje dice: “Estamos rodeados por el mar. Estamos condenados a navegar para siempre, a vivir para siempre.”

Podemos interpretar esa afirmación abierta de dos maneras: (1) que condenados a navegar por la incertidumbre sólo nos cabe refugiarnos en nosotros mismos y esperar que la adversidad suceda y termine o, (2) por el contrario, en lugar de renunciar a ese bagaje, a ese mundo construido por piezas únicas, debemos aferrarnos al arca de ese enorme patrimonio de ideas, racionalidad y lucidez que siglos de civilización nos han dado y enfrentar con esa inspiración y guía al enorme mar del autoritarismo, la arbitrariedad y el reinado no de las ideas sino de la pura fuerza.

Entonces abriremos los ojos y podremos ver algo.

Eduardo Balestena

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