Jugarretas de Media Noche

15 de febrero 2120

Por Marcela Siller Gómez

Noé cautivó a Linda, por su sencillez, le gustaba mucho bromear, Linda pasaba ratos muy agradables con él, oyendo la música de jazz que interpretaba Louis Armstrong.


Aquella noche, al terminar de cenar en el Restaurante Olé, por la calle de Zaragoza, en San Luis Potosí:


– ¡Joven! Nos trae la cuenta por favor.


Como no hubo respuesta, Noé y Linda se escaparon sin pagar su deuda.


Noé de 65 años y Linda apenas llegaba a los 60. Estos muchachos de la antigüedad, tenían corazón joven, siempre que salían a pasear él inventaba travesuras, para pasar un muy buen rato juntos, a ella le divertían mucho las ocurrencias de Noé y lo apoyaba en todo lo que él decía y hacía. Inclusive cuando cambiaba de repente a una actitud un tanto enojona.


Saliendo de aquel café, ellos permanecieron escondidos, recargados en la pared, detrás de una columna, esperando que el mesero saliera a alcanzarlos. Noé siempre estaba atento al bienestar de los demás, en esta ocasión no quiso que el mesero fuera a sufrir graves consecuencias a causa de su distracción, por lo que no pasaron ni cinco minutos cuando entraron de nuevo al restaurante, ahora se sentaron en la primera mesa, junto a la puerta.


  • ¿Les puedo servir en algo? – preguntó el mesero encargado de los lugares junto a la entrada.
  • Si – contestó Noé. – Por favor traiga un bolillo y la nota para pagar.
  • Pero ¿Cómo? – Replicó el mozo – acaban de llegar.
  • No, muchacho es que no nos cobraron, salimos a dar un paseo, pero ya regresamos a liquidar la cuenta.

Señalando al anterior lugar, Noé aclaró: – Hace rato cenamos en aquella mesa, ¡ah! Por cierto, se acabó el pan.          A él le gustaban mucho los virotes sin migajón.


Bonito sentimiento sentía Linda, al percatarse, qué pudo experimentar la alegría de la juventud, al haber hecho una chiquillada tan divertida, comportándose como una adolescente de quince años. Después de tal desaguisado, a Noé le remordió la conciencia y dejó una considerable propina al pobre chico que no había cobrado a tiempo.


  • ¡Pobre chavo! Si se entera su patrón – comentó – lo menos que puede hacer, es obligarlo a cubrir el monto y en el peor de los casos, correrlo de su trabajo.

JUGARRETAS A MEDIA NOCHE Parte II


Saliendo del Restaurante Olé, caminaron a La Plaza Fundadores, un poco para bajar la comida, así como para recoger la camioneta. La noche era templada, muchos jóvenes pasaban por ahí, seguro, rumbo a algún antro en el centro histórico.


Noé invitó a Linda a jugar aquello de que “Lo que hace la Mano, Hace la Cola”, ella detrás de él alzaba un brazo, daba unos pasitos pa´delante, retrocedía otro tanto pa´trás,


imitando lo que su compañero iba proponiendo. Esto al compás de unas notitas que él emitía con su garganta, tal pareciera que se trataba de un concierto de saxofón.


Cansados de este jueguito, discurrieron jugar a las escondidas.


Por entonces el Municipio había colocado, hacia el lado de La Universidad, varias jardineras de cantera muy grandes.


Linda inocente pensó que aquellos macetones serían un buen escondite, así sugirió:


  • ¡Sale! tú cuentas primero.

Noé se tapó los ojos y empezó: – Uno, dos, tres, cuatro… hasta treinta. Dando tiempo que Linda corriera hacia aquel lugar, supuestamente muy seguro pero rápido de encontrar ya que no había más escondites en toda la plaza:


  • Uno, dos, tres… tomada por ti – Gritó Noé.

Tocó el turno a Linda quien tuvo que tomar el puesto de buscadora y empezó a gritar los números, para luego localizar a Noé.


Por sorpresa, él no aparecía, ella se sentó en una banca y esperó a que regresara.


Sería cerca de la media noche, Linda escuchó atrás de su asiento, el ruido de una escoba, le dio mucho miedo, había pasado rápido el tiempo y la plaza estaba, para entonces, desierta. Un borrachín caminaba por el centro de la explanada, ella calculaba astutamente por dónde salir corriendo, en caso que el hombre intentara llegar hasta su lugar; en eso, un barrendero, le tocó el pie con la escoba. La chavita antigua se paró inmediatamente, el empleado de aseo la seguía insistentemente, cuando de repente se dio cuenta que Noé traía la chaqueta de trabajador municipal, gorra y el carretón de la basura, sin faltar desde luego, la escoba.


  • ¿Qué dirían los catrines de Las Lomas, si hubiesen visto a Linda involucrada en tan mugroso juego a altas horas de la noche? – Pensó Noé para sus adentros.

-Una, dos tres… tomada por ti. Linda ganó el juego y como chiquilla consentida, dejó que Noé la tomara del hombro y ambos caminaron hacia los portales de la plaza. Ahí el pobre hombre, quien había facilitado su equipo a Noé, estaba agazapado escondiéndose del supervisor que acostumbraba pasar a esa hora para checar su labor. Noé regresó el equipo al barrendero y recuperó el reloj que había dejado en prenda. Claro sin antes darle una buena propina al trabajador nocturno.


Al subirse a la camioneta, había un ramito de gardenias, listo para darle a la joven de antaño. Noé lo había puesto a escondidas en el asiento de atrás. La música en el auto, a todo volumen con aquella canción que fuera la favorita de Noé y con la que quería complacer a Linda, nada menos que Perfume de Gardenias. Y Noé terminó diciendo a Linda:


Ríete de la noche, del día, de la luna. Ríete de las calles, ríete de este torpe muchacho que te quiere”. (Pablo Neruda, “La Risa.”)


Con esta nueva aventura, Noé recordó a su padre por quien sintió mucha admiración, pensó entonces el daño que pudo haber causado al pobre carretonero quien tenía que cumplir sus obligaciones. Estos chicos de la antigüedad nunca repararon en las consecuencias de aquel divertido desaguisado.


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