Penumbras

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Por: Diana López

Estaban solos.

Discretamente, la luna se había alejado para dejarles la noche suficiente.
Ni un suspiro, ni un silencio se escapaba en el momento.
Sólo dos corazones en ese lecho que era de ellos.
En ese momento, sentían que no existía el tiempo.

Con el alma en la puerta, dormían.
Con una respiración sincronizada, entre ellos se soñaban.
En veces, ambos sonreían.
Es que se abrazaban…
Se abrazaban a la vida.

Pero la noche no es eterna.
El alba comenzaba a asomar.
Y por más que la luna se opuso.
El sol no se hizo esperar.

No llegó de repente.
Más bien fue cauteloso.
Pero había un silencio perfecto.
Ese que sólo hay en compañía.

La luz ya se asomaba.
De repente ambos se soltaron.
No dijeron palabra.
Sus miradas los delataron.

Ella rompió el silencio.
Un sollozo se escapaba.
Terminaba el momento de dicha.
Y a la cruda realidad volvía.

El habló con la mirada.
Con los ojos le sonreía.
Te amo, mi niña mía.

Era de esperarse esa partida…

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