Es amarlo con el primer y mejor amor, es darle la preeminencia y el primer lugar, teniéndolo en alta estima y como el todo en nuestra vida.
Este amor a Dios surge cuando cada uno de nosotros recibimos una visión de su presencia.
La visión la tenemos según la manera en que nos arrepentimos, genuinos en nuestro ser interior conservando una relación apropiada con el Señor.
El amor a Dios en Cristo es un estandarte que se extiende sobre nosotros para convertirse en nuestro lema, la buscadora en el Cantar de los Cantares también está enferma de amor, lo cual significa que ella está gozosa, al grado tal de quedar exhausta.
Manifestar y exhibir el amor que tenemos a Dios nos hace continuamente vencedores porque tenemos un amor que todo lo conquista.
Este amor emana como un manantial y nos lleva a obrar por el Señor.
La visión nos permite tener una relación personal afectuosa, privada y espiritual. Esta frescura, es como el rocío desde el seno de la aurora que nos capacita para sostener al fatigado con una palabra que suministre vida.
Dios en Cristo es el centro y la circunferencia de nuestro universo personal. Es el contenido que nos mantiene unidos consiguiendo el honor de serle agradables teniendo un cielo despejado, a manera de un cristal maravilloso sobre el cual está el “trono de zafiro de Dios”. Esto significa que no hay ningún estorbo entre nosotros y Él, porque estamos llenos de la atmósfera celestial, de Su presencia reinante en nuestra vida interior en la que Él toma las dicisiones.
Asistir a Dios intimamente procurando su disfrute para resplandecer como el sol, al ser cautivados de Su amor.

















