Escombros

“Situación Límite”.

Cuidaremos tu fuego

Ante determinadas obras sentimos que nos encontramos frente a algo que nos habla de un modo inusual; que ello obedece a que en su inspiración hay síntesis, fuerza, pureza y verdad y que son capaces de mostrarnos aquel camino que es digno de seguir, uno fuera del cual toda otra alternativa habrá de ser falsa.  


Situación límite


Hoy es posible acceder en la red a episodios de Situación Límite una serie de de programas televisivos que, con textos de Nelly Fernández Tiscornia (1928-1988) eran emitidos por Argentina Televisora Color entre 1983 y 1985.


Divididos en dos partes, subdivididas a su vez cada una en dos cuadros, plantean un nudo dramático y lo desarrollan desde dos perspectivas diferentes, ya que los personajes que intervienen en el primero y segundo cuadros son distintos a los que lo hacen en el tercero y el cuarto; ambas partes se encuentran atravesadas por idénticos elementos dramáticos, son originadas por la misma situación y la mayoría de las veces los personajes están vinculados como cara y contracara de un hecho central.


De este modo se logran a la vez concisión y perspectiva.


Pero eso está muy lejos de ser todo lo que el drama tiene para ofrecer.


            Nelly Fernández Tiscornia, quien durante unas tres décadas ejerció la enseñanza de matemáticas en un establecimiento secundario, para posteriormente imponerse como dramaturga y guionista en trabajos en los que pudo capitalizar en mucho su experiencia docente y su pensamiento, tiene un manejo absoluto del idioma, el lenguaje teatral  y la introducción de los diversos elementos del drama. En Situación límite, tales factores, así como excelentes interpretaciones actorales, en una realización tan austera como precisa, producen un resultado artístico de gran valor.[i]

Nelly Fernández Tiscornia

            El nudo del drama 


         El título de la serie constituye quizás el primero de los elementos del drama.


            El término, propio de Karl Jaspers (1883-1969) y su filosofía existencialista, se refiere a aquello que la existencia, que está siempre interpelada, no puede modificar. Las situaciones límite son el muro contra el cual fatalmente habremos de chocar; ante dicho insalvable obstáculo –como lo señaló Viktor Frankl- nuestra libertad sólo se limita a tratar de elegir la actitud a tomar.


            Algo que será importante para concebir la acción en los términos de los géneros literarios es que en la existencia confluyen aquello que es perenne –los valores fundamentales, la conciencia de lo justo y lo trascendente- con la libertad y las decisiones que nos imponen las necesidades de una determinada circunstancia. Aquello que estamos forzados a  hacer en un momento no es siempre lo mejor en sí mismo y aquello que es lo mejor, o lo más correcto, suele no ser sentido como suficiente para enfrentar las exigencias extremas del momento, uno destinado a pasar, quedar atrás y revelar lo incorrecto de aquella actitud asumida ante él.


            De este modo, el personaje se mide menos por lo que es necesario hacer en determinada circunstancia que por lo que es justo y correcto hacer más allá de toda circunstancia.  Así, no puede haber un drama si no se trata de algo  vital –en sí mismo y para los personajes- que se juegue en su desarrollo y que signifique una exigencia muy grande para colaboradores y agonistas del héroe, a grado tal que sea capaz de revelar su verdadera naturaleza –el bien o el mal, la valentía o la cobardía, el egoísmo o la generosidad de la que son capaces- y que el drama termine por exponer no sólo una historia sino lo correcto de su resolución.


Escombros


Título de uno de uno de los capítulos de Situación Límite (grabado el 20 de marzo de 1984 y emitido siete días más tarde) la palabra escombros suscita una sensación doble: por un lado el derrumbe y lo que sepulta y por otro la supervivencia de lo que late por debajo de los referidos escombros y que puede quedar sepultado o salir.


             Una breve introducción nos presenta la obra, poco después es planteado el núcleo del drama: éste se origina en un centro al que es necesario llegar pero cuyo planteo (en una concepción directa, sin aditamentos ni retardos innecesarios) sobreviene tan pronto como la acción lo permite.


            “Drama quiere decir algo ´hecho´ o ´ejecutado´ (´dráoo´).” (A. Petrie Introducción al estudio de Grecia, “La literatura griega” “§ 146. El Drama. I. La Tragedia”,  Fondo de Cultura Económica, México, 1961, pág.155): el drama es una realización, una puesta en movimiento: la de un mecanismo, pero ¿qué clase de mecanismo?


            Se trata de una especie de maquinaria que lleva a un punto del cual ya no se puede volver porque su acción es tan progresiva como segura y sin desvíos.


            En este caso, una periodista afamada (papel que encarna Bárbara Mújica) se culpa de la muerte de Diego Mansilla, un líder natural e intuitivo que acaba de suicidarse.    El centro de drama es entonces él, su figura, ideales y vida, pero como la acción comienza con su muerte, nunca es mostrado. La naturaleza de dicho drama (Diego, lo que sufre y por lo que lucha) y las acciones involucradas que llevaron a ese resultado trágico serán las fuerzas que, como espectadores, habremos de juzgar.


La íntima lucha de Diego resulta inaccesible para nosotros: sólo nos queda acceder a ella por los dichos de los cuatro personajes que intervienen en los dos esquicios de la obra (Marta Yáñez, la periodista, único personaje con nombre; su esposo –e interlocutor, que cumple la función de interpelar que tenía primitivamente el segundo actor, agregado por las reformas de Esquilo al drama antiguo- el padre de Diego Mansilla y la novia de aquel. El rol de esposo de la periodista es encarnado por Víctor Laplace; el de la novia de Diego por Soledad Silveyra y el de padre por Jorge Rivera López).


                                                          ***   


Marta Yáñez, ya una afamada columnista, había sido interpelada, años atrás por un Diego Mansilla de veinte años que, con su sola inocencia, la fuerza de sus convicciones y su amor entrañable por el hombre, había sido capaz de impugnar sus argumentos en un debate.


            Ella no lo perdonó y, conocedora del juego, se limitó a esperar que se equivocara en algo, que su inocencia hiciera que cayese en las garras de alguien que lo utilizara y cuando eso sucedió se dedicó a atacarlo sin descanso, hasta destruirlo.


            Como reconocida articulista ella representaba a la “verdad”; sin embargo, llegó a ese lugar de poder a fuerza de saber manejarse en un juego de transacciones y ocultamientos “como si fuera limpia y pura” y desde allí encontrarse en la posición de aniquilar a quien “era su lucha, su pelea, su conciencia, su libertad”.


            El suicidio de Diego Mansilla lo convirtió a él en un hombre íntegro y un símbolo al tiempo que la hizo pedazos a ella. Su vida, de allí en más, consistirá en no ser una persona “íntegra” sino esos pedazos vueltos a pegar, ya incapaces de conformar un cuerpo entero.


            Al visitar su tumba encuentra una placa con la inscripción “Cuidaremos tu fuego Diego” y llora, pero no por él sino por ella “por lo que hice conmigo” y se pregunta “¿Dónde está mi fuego?”


            La segunda parte transcurre en la biblioteca del Padre de Diego, donde lo más notorio es la ausencia de libros. El profesor Mansilla, de un numeroso grupo de reporteros, sólo ha aceptado admitir la entrada de una periodista que permaneció por horas debajo de la lluvia, esperando a ser recibida. Ella había sido novia de Diego cuando tenía veinte años.


            Como padre y como docente educó a su hijo en las grandes palabras, las mismas que alimentaron su lucha, una que sólo lo condujo a la muerte.


            Las grandes palabras, las grandes ideas, acaban resultando vacías en la realidad y no conduciendo a nada y los libros capitales que nos forman en esas ideas terminan siendo inútiles en un mundo donde no hay lugar para ellas. Por eso se deshizo de sus volúmenes.      


            Las palabras “que llenan cátedras, tribunas y hasta el púlpito” sólo sirven para eso, porque en la realidad no hay lugar para la realización de los ideales más puros enunciados por dichas palabras. Aquellos que dicen inspirarse en ellas terminan siendo mercenarios que se venden, por miedo o conveniencia y solamente las trafican en beneficio propio.


            El hombre sin precio, que encarnaba la pureza de esos ideales termina suicidándose y escribiendo una corta frase borroneada por sus lágrimas; no son grandes sino simples palabras: “Estoy solo, no puedo más”.


            Cuando fue atacado injustamente, en lugar de defenderlo, todos se callaron y lo dejaron solo: ¿vale la pena que alguien retome una lucha que conduce a eso? ¿Qué clase de mundo es aquel donde el hombre que se sacrifica por el prójimo y las ideas trascendentes es dejado solo? Tal es el dilema moral que se plantea.


             La lucha parece perdida pero –afirma la novia de Diego- a menos que alguien la prosiga se encontrará definitivamente perdida y decide que es necesario seguir luchando. Coloca entonces la placa con la inscripción: “Cuidaremos tu fuego Diego” ya que si nadie alza como emblema esa lucha sin posibilidades de éxito y la lleva adelante entonces ya no habrá esperanzas.


            En el final, la continuidad de esos ideales prevalece sobre el dolor. Una es la medida del otro.


            El vaso griego


            En el capítulo que Humphrey Davy Findley Kitto dedica a Homero en Los griegos (Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1962, Cap. IV, pág. 59) cita a Esquilo cuando se refiere a su propia obra como “migajas del banquete homérico”. Podemos avanzar un paso más y postular que la fuerza del drama actual proviene del teatro griego, que tanto debe a la poesía épica.


            Homero, dice Kitto, se precipita inmediatamente en el tema. El arte y la forma son dominio de lo instintivo pero a la vez de la disciplina. El intelectualismo, desarrollado tras esa visión instintiva, es un rasgo central del arte griego. De allí su eterna vigencia.


No asistimos a algo general sino a lo que sucede, en el caso de Escombros, a cuatro personas; sin embargo lo que surge de esa historia resulta universal: allí luchan la nobleza y los ideales contra la envidia y la maldad y aunque parezca que uno de los términos se impone no es así: sólo se impone la propia lucha, el fuego que hay que preservar.


            Sigo con las ideas del gran profesor de Cambridge, que tantas horas de placer de lectura me brindó y sigue brindándome: lo que Homero nos dice en La Ilíada es que tal causa tiene tal efecto y ese eje mueve nuestro drama. Una causa tiene un efecto inesperado en manos de alguien: “la pelea estalla porque  cada uno de ellos es como es.” (Kitto, ob., cit., pág. 69).  Marta Yáñez siente que Diego Mansilla ocupa cada vez más lugar dentro de ella: él y los ideales que representa, que no son los mismos que la columnista sostiene. Ella sólo se sostiene a sí misma. Si las cosas no hubieran estado planteadas de ese modo no habría habido contienda (el requisito de todo drama). Debe existir algo que sea superior y deseado pero inalcanzable para que la confrontación se desate en términos de destrucción. Para Marta Yáñez lo inalcanzable es la pureza y para Diego Mansilla la realización de sus ideales.


            Igual que en La Ilíada, hay cosas no esenciales que no aparecen mencionadas: desconocemos el nombre de la mayoría de los personajes; ignoramos de qué era profesor el padre de Diego y por qué circunstancias se alejó de sus cátedras por no haber cedido a presiones. (¿De qué presiones se tratará? En lo volátil y conflictivo de nuestra historia es fácil adivinarlo). Desconocemos cuál fue la discusión con Marta Yáñez, en qué espacios Diego Mansilla difundió sus ideas, en qué se equivocó y por quién fue inducido a ello: no es necesario saberlo del mismo modo que no es necesario saber si la acción de La Ilíada transcurre frente a las murallas de Troya o si la asamblea de los griegos es celebrada en una tienda o una ladera.


            Desde un período tan antiguo como el de la cultura micénica (aproximadamente entre los años 1500 a 1100 antes de Cristo), los cretenses, antes de la llegada de los invasores griegos, se destacaron en la alfarería, mostrando diseños cuidados y delicados que, como es posible verlo en una época tan temprana como la de Hesíodo, 850-800 a. C.,  ya tenían por centro a la figura humana. El mismo rasgo que en la épica y el drama se impone en ellos: sólo lo esencial y nada más que lo esencial aparece ante nosotros y por eso la obra tiene tanta fuerza: un hecho central, un tema, una virtud y algunas acciones destinadas a sostener y confrontar la virtud con su antagonista. Lo mismo que en un vaso griego, la atención es atraída por las figuras que están en su centro.



            Hay sin embargo algo más: el hecho que se nos plantea es el enfrentamiento entre dos personas pero sin embargo encarna a una ley universal: el poder y la envidia pueden imponerse y destruir a un hombre pero nunca apagar la llama de los ideales que él encarnó, aunque hayan sido derrotados en la contienda y aunque todos hayan dejado solo a ese hombre, o mejor, a ese héroe.                      


              La gracia y la condena que los dioses imponen a los héroes es la disyuntiva entre una vida larga y mediocre y la gloria de una muerte temprana. Diego Mansilla es el héroe de una idea y una lucha que –igual que Héctor en La Ilíada– era su deber. Lo que impulsa al héroe es un deber hacia los demás pero más que nada hacia él mismo. Nosotros lo llamamos virtud. Los griegos lo llamaban areté, excelencia.


            El poder y la envidia pueden “triunfar” en una contienda pero nunca encarnar la excelencia.


            Lo mismo que en La Ilíada, en Escombros predomina, por sobre la tragedia y el dolor, el sentido de la lucha y la afirmación de la vida: “Nunca más, hasta que el espíritu griego contaminó la Italia del Renacimiento, volveremos a encontrar esta magnífica autoconfianza en la humanidad.” Dice Kitto (pág.81).


La tensión del mundo griego es igual a la que vivimos nosotros: por un lado el sentido fatalista y por el otro la afirmación de la vida y de la areté por parte de quien debe luchar en un mundo hostil, enfrentarse a fuerzas invencibles y acaso perecer, pero no importa lo que pase, siempre habrá alguien capaz de cuidar un fuego: el hombre no sería humano si eso no fuera así.


            Del mismo modo que los dioses no favorecen a los seres mediocres sino al héroe no cualquiera es capaz de encender una llama digna de que otros la lleven y luchen por ella.


            Quizás aquí tengamos la respuesta a la pregunta del comienzo: la fuerza de un drama y su verdad provienen de una ley primordial expresada por la pureza de unas formas en las que aquello por lo que vale la pena vivir, morir y luchar sea central, igual que las imágenes humanas en un vaso griego.


            Nelly Fernández Tiscornia merece ser recordada por el vigor de sus ideas, el contenido humano de sus obras, el dominio innegable del idioma y el haber llevado ese ideal de concisión, verdad y despojamiento a obras que iluminaron la escena y aún la iluminan. 


Eduardo Balestena

31.XII.21/1.I.22


[i] La película Made in Lanús (1986) dirigida por Juan José Jusid está basada en el episodio del mismo título de Situación Límite.

2 comentarios en “Escombros

  1. Es un excelente análisis Eduardo, to veo confesiones totalmente poéticas que surgen del ser interior más sublime… el que lucha para sobrevivir. Yo como periodista y medio de comunicación me pregunto ¿cuántas veces he tenido que quedarme callada? hasta esperar el momento en que la verdad sea prudente; antes de pensar en comerciar un texto, un hecho, una vida. La libertad es inefable cuando se vive.

    1. Muchas gracias querida Orquídea por tu reflexión. La diferencia entre Diego (y los que son como él) y los demás es la pureza, la inocencia, el sentido de lo correcto y eso a la larga triunfa: vivimos esa esperanza porque la vida es eso, vivir la esperanza o construirla con los materiales que tengamos a la mano. Muchas gracias de nuevo.

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