La Ruta Histórica de Agua Clara en San Luis Potosí

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Por: Eduardo José Alvarado Isunza

 

Acompañado por mi hija Andrea y por mi amigo Pedro Félix Gutiérrez, el 28 de diciembre de 2006 realicé lo que he llamado como “La ruta histórica del agua clara en San Luis Potosí”.

A las 12:15 horas del día salimos caminando de la Plaza de Armas (o Jardín Hidalgo, como también es conocida) de la ciudad de San Luis Potosí y arribamos a la Cañada del Lobo unos 45 minutos después.

Quizás por flojera o por desconocimiento de la existencia de un lugar tan hermoso en las inmediaciones de San Luis, nunca había visitado ese paraje, pese a que llevo más de 30 años viviendo aquí.

Por ser oriundo de la vecina ciudad de León, en el estado de Guanajuato, ignoraba que en ese sitio existía el punto de suministro natural de agua más antiguo de San Luis y que había propiciado el establecimiento de sus primeros habitantes.

Algo había escuchado de la existencia de la Cañada del Lobo, incluso varias leyendas extraordinarias, como que allí moraban brujas, existían vestigios de un observatorio solar de una desaparecida civilización o descendían ovnis.

También sabía por mi padre, Don José, nativo del barrio de San Sebastián en esta misma ciudad de San Luis, muerto hace casi 23 años, o por mis suegros que vivían en la Calzada de Guadalupe, que su abastecimiento de agua cotidiano provenía de allá.

Contaba mi padre cuando comíamos con tortillas quemadas, luego de volver de su trabajo en el periódico El Sol de San Luis, que de niño iba hasta “La Conchita” a llenar baldes para que en su casa hubiese agua. Él decía que andaba descalzo.

Con el nombre de “La Conchita” es conocida una tinaja de cantera, ubicada precisamente en la Calzada de Guadalupe, y ofrecía uno de los sitios donde los habitantes de la ciudad de San Luis podían obtener el agua de la Cañada del Lobo.

“La Conchita” es uno de los vestigios de la vieja cultura potosina y evidencia la ruta histórica del agua en la ciudad. Otras referencias son la monumental “Caja del Agua”, que simboliza a San Luis, y varias piletas de cantera en esa calzada.

Mis suegros, que tenían sus casas paternas una frente a otra en la misma Calzada y a la altura de la calle “General Fierro”*, platican que en sus patios existían pozos arteseanos. Oían ruido en ellos. Hay confusión acerca de las causas que los originaban.

Unos opinan que era un tañido de campanas del Santuario o de otra iglesia hacia Tierra Blanca, comunidad colindante con la Cañada del Lobo. Su onda viajaba por esas venas subterráneas de agua. Otros dicen que a causa de tesoros ocultos.

Como sea, la existencia de pozos en grandes casas de la Calzada de Guadalupe y de tinajas de cantera en esa ruta habla de cómo en ese trazo debió fundarse la ciudad de San Luis por estar allí la ruta natural del agua, que rodaba de la Sierra de San Miguelito.

Caminamos desde la Plaza de Armas, punto donde inicia la calle de Zaragoza, que cuadras más al sur toma por nombre el de Calzada de Guadalupe y hacia el norte el de Pasaje Hidalgo, cosa que convierte esa ruta en un largo y bello paseo.

Pienso que el cauce del agua desde la Sierra de San Miguelito, en cuyas faldas está la Cañada del Lobo, y que descendía por la Calzada de Guadalupe, calle de Zaragoza y Pasaje Hidalgo, propició que allí fuesen construidas edificaciones monumentales.

Esto me hace proponer la hipótesis para una historia de la ciudad y su desarrollo que el cauce natural del agua de la Sierra de San Miguelito definió fundamentalmente, por un tiempo, el asentamiento urbano y su perfil arquitectónico.

Así nos explicamos esa abundancia de grandes mansiones, donde seguramente habitaron en el pasado familias económica y políticamente muy poderosas. Aristocracia y burguesía tuvieron el acceso más cercano al agua clara.

A su vez, familias de menor fuero en la jerarquía social, mestizos empleados de la aristocracia o de la burguesía, comerciantes, artesanos, profesionistas liberales, indios y otras mezclas raciales, debieron establecerse a los alrededores de la zona.

Estos elementos darían para elaborar una teoría de economía política del desarrollo de la ciudad de San Luis a partir de la antigua ruta natural del agua clara, cosa que creo no está elaborada o sólo existen datos dispersos que dan cuenta de ello.

Decía que comenzamos nuestro recorrido en la calle de Zaragoza. Ya en la Calzada de Guadalupe nos encontramos con el primer vestigio de esta ruta: la famosa y monumental Caja del Agua.

Construida en el siglo XIX por Juan Sanabria, constituye el símbolo de San Luis. Es un gran tinaco de cantera. Debió ser espectacular ver escurrir sus demasías por la parte superior y personas llenando baldes que cargaban a cuestas o en animales.

Como no todos cuantos lean este trabajo son potosinos o moran aquí, es preciso referir que dicha Caja del Agua no está en servicio actualmente y desconozco la fecha en que haya dejado de funcionar. Lo que sí hay en ese sitio es un pozo electrificado.

Más adelante pueden observarse otros vestigios de aquella ruta del agua, como “La Conchita”, cada vez más deteriorada; otra tinaja en las inmediaciones del Cuartel Militar y una más en una columna de una vieja edificación, contigua al Santuario..

Fue precisamente allí en el Santuario de Guadalupe donde detuvimos nuestra caminata y continuamos en camión urbano, en línea recta y hacia el sur, no sin antes obtener de Pedro Félix Gutiérrez una observación muy sugerente.

Tenía información histórica de que dicha iglesia fue también construida allí para honrar a las fuerzas de la naturaleza, en particular aquellas que proveían de agua clara a los habitantes de la ciudad. Tendríamos así una referencia a Guadalupe Tonantzin.

En su decir, el Santuario no fue construido allí nomás por casualidad u ocurrencia. Es otra buena línea de investigación para los historiadores de la traza urbana y arquitectura de la ciudad, así como para antropólogos interesados en nuestra cultura.

Bajamos del camión poco antes de llegar hasta el Anillo Periférico, que también recibe el nombre de Boulevard Antonio Rocha, ex gobernador del estado. Y continuamos en taxi hasta la entrada del camino a la Cañada del Lobo.

Me extrañó ver varios policías y patrullas en el acceso. Supuse que el gobierno habría decidido establecer una vigilancia permanente en esa zona, debido a que la Cañada fue convirtiéndose en sitio de recreo de pandilleros, delincuentes y drogadictos.

No impidieron nuestro ingreso al área. Por el contrario, facilitaron que cruzáramos de un lado a otro del Anillo Periférico, que es una ruta de alta velocidad. Tampoco cuestionaron a qué íbamos, quizás porque llevábamos mochilas y era evidente.

De ese punto a la Cañada no debimos hacer más de 15 minutos. Anduvimos sobre un camino pavimentado y llegamos a la presa. Dicho embalse tiene una cortina de contención que debió construirse en la década de los 80s del siglo pasado.

Ese vaso es una formación natural que contiene algunos de los escurrimientos de la Sierra de San Miguelito. Uno más en esa dirección, aunque hacia el poniente y abajo, es el tanque de “La Tenería”, hoy dentro del Parque Tangamanga.

No es, sin embargo, la presa el sitio más atractivo de allí, pese a que he escuchado de muchos que sólo tienen a dicho vaso como referencia de la Cañada del Lobo. Pedro Félix nos hizo subir un cerro por un camino entre piedras.

A ese camino él impuso el nombre de “Litosendero Literario”. Esto es porque ha escrito versos de poetas importantes o de su gusto en las piedras. Andando por ellas y distraídos con la lectura de fragmentos de poesía, llegamos a la cima del cerro.

Tuvimos un gran golpe de emoción al encontrarnos con un escenario que no imaginábamos. Estábamos frente a la Cañada del Lobo. Son dos grandes paredes de piedras enormes y de extrañas geometrías que guardan sorprendentes equilibrios.

Por entre esos muros geológicos descienden frescas, claras y musicales aguas de la Sierra de San Miguelito. Ahora bajamos y nos acomodamos en una enorme roca con forma de mesa prehistórica.

Nos tendimos en ella y Pedro Félix sacó de su mochila una botella de vino tinto español, que mi fatiga me hizo ver delicioso. También ofreció salami, que no probé por ser vegetariano, quesos Camembert, D’Brie y Manchego, pan y galletas saladas.

Andrea, que es prácticamente especie urbana y que sólo acostumbra andar por calles planas y horizontales, tenía dolor de cabeza y sed. Tomó casi toda el agua que llevábamos en una botella y un refresco. La recostamos en la gran piedra y descansó.

Esa atmósfera de un planeta extraño y la música del arroyo pronto le aliviaron. Pedro Félix y yo disfrutamos del vino y del queso. Todavía hoy que escribo recuerdo su sabor en mi lengua. Estábamos mejor que en una mesa de los Campos Elíseos.

Allí estuvimos sentados largo rato, conversando acerca de la belleza de la Cañada del Lobo y de lo importante que sería para nuestra cultura y hábitat que el gobierno declarase el sitio como parque natural protegido.

Entre deglución de queso, pan y vino, imaginamos lo interesante que sería rescatar este paseo histórico a las actividades recreativas, educativas y turísticas de los potosinos. Podrían organizarse caminatas para los amantes del turismo ecológico.

Luego de contemplar las curiosas formaciones rocosas y disfrutar de la sinfonía del agua, continuamos por la ruta del arroyo. Con sorpresa, descubrí cómo sobrevivían prodigiosamente algunas formas de vida, como renacuajos, peces e insectos.

Llegamos a otra orilla de la presa. Encontramos un par de jovencitos con cañas de pescar. Llevaban cara triste. No habían cogido más que basura de plástico. Es feo observar cómo cada rincón del planeta está cubierto de la porquería del capitalismo.

Bordeamos el embalse y más al sur, entre un pinar, nos encontramos con un sistema de venas de agua a cielo abierto. Enseguida observamos una trituradora de piedra abandonada y entre un cerro encontramos los vestigios de un acueducto del siglo XIX.

Volvimos al punto de acceso a la Cañada caminando por ese acueducto. Es una obra interesante que también nos muestra cómo el agua clara del sitio era transportada por gravedad hacia la Calzada de Guadalupe.

Este tesoro histórico de San Luis igual desaparecerá irremediablemente en pocos años, debido a la indiferencia de los grupos políticos que llegan al poder y de una sociedad concentrada en la acumulación de bienes materiales y consumo de basura.

Después de andar sobre esa serpiente de piedra en las laderas del cerro, llegamos a un punto donde termina abruptamente. En ese punto nos esperaba a Andrea y a mí otra sorpresa: desde allí y en línea recta pueden observarse las dos torres del Santuario.

Esto dio más certeza a la hipótesis de Pedro Félix acerca de la construcción de esa iglesia en ese punto: Fue consagrada a las fuerzas de la naturaleza, como representaba Tonantzin para los antiguos mexicanos, y más exactamente al agua en este caso.

Volvimos caminado hacia el Anillo Periférico y en ese cruce un gentil hombre nos dio un empujón en la caja de su camioneta, cubierta de rastrojo, hasta el cruce del mismo Periférico con la Calzada de Guadalupe.

Allí subimos a un camión urbano y más adelante Andrea y yo nos despedimos de Pedro Félix, comprometiéndonos a efectuar pronto un nuevo paseo, pero ahora a Cerro de San Pedro.

Días más tarde me encontré en el café “La Posada del Virrey”, en frente de la Plaza de Armas, con el Dr. Enrique González Ruiz, quien ha sido abogado defensor de los derechos de la comunidad de San Juan de Guadalupe.

Dentro de ese asentamiento está ubicada la Cañada de Lobo. Las tierras de San Juan de Guadalupe fueron dotadas por cédula real, en tiempos de la Nueva España, a una etnia precolombina, establecida en la región.

Ignoro si tlaxcaltecas o tarascos, traídos hasta acá por los españoles como parte de un proyecto de dominación cultural y exterminio de la etnia guachichil. Con esta nación debió darse una de las guerras más largas y cruentas de los españoles en América.

Con González Ruiz platiqué de nuestro paseo y comenté de la importancia de proteger a la Cañada de Lobo, como sería a través de un decreto gubernamental que la declarase Parque Natural Protegido.**

Me dijo que ese es un esfuerzo que ya han iniciado. Sin embargo, parece que no hay voluntad política ni empresarial para que sea posible preservar uno de los más importantes tesoros culturales y ecológicos de San Luis.

Hay riesgo de que especuladores del suelo urbano tengan pensado convertirla en otro fraccionamiento residencial. Así perderemos para siempre otro espacio de riqueza histórica y recreación, como ya ha sucedido con aquel paseo de la Presa San José.

Otro día, llevado por el recuerdo de esa bella tarde en la Cañada del Lobo y de mi interés por saber más del sitio, busqué en Google alguna información registrada en la Internet. Descubrí un comentario de Isaac Berrones Casasola.

Publicado en una reseña sobre Tamtoc en una revista electrónica sobre temas arqueológicos, a decir suyo en la Cañada existía un punto de observación astronómico de antiguas civilizaciones. Hay rocas acomodadas en dirección de una constelación.

No creo eso, aunque respeto su opinión. Además su cuento es disfrutable. También he escuchado otros relatos de la ruta histórica del agua clara en la ciudad de San Luis Potosí que trataré de registrar y compartir con ustedes en otro momento.

* En las versiones publicadas por «Plano Informativo» y «El Sonido 13» aparece mencionada la calle de «Gral. Fierro», cuando debe de ser «Gral. Fuero»; además que por error mencioné que la casa paterna de mi suegro Gerardo Cabrero Ramírez se localizaba en esa esquina, cuando realmente estaba en la esquina de Calzada de Guadalupe y Gómez Farías.

** Posteriores indagaciones me llevaron a saber que la Cañada de Lobo no pertenece a la comunidad de San Juan de Guadalupe, sino que más bien pertenecería a los gobiernos del Estado y federal, por encontrarse allí una obra hidráulica y localizarse vestigios de otras del S. XIX.

 

Nota del editor.- Aunque este relato fue escrito a fines del año 2006 y publicado en los portales digitales «Plano Informativo» y «El Sonido 13», consideramos oportuno volver a difundirlo, debido a que la delegación del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha anunciado los hallazgos de tramos del acueducto del siglo XIX por medio del cual se distribuía el agua en esta ciudad de San Luis Potosí. Esas noticias hacen ver que la delegación del INAH desconoce lo que cualquiera sabe en esta ciudad sobre esas construcciones hidráulicas y su relación con nuestra historia. Sin embargo, es buena noticia saber que ahora haya interés por su rescate, lo que incluiría decretar la preservación de la zona de la Cañada del Lobo.-

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