Perros

           


Son tan distintos y tan iguales los perros que surcan las calles.


Los hermana la especie y los separa todo lo demás. Unos van, entregados a sus amos, sin buscar nada más que beber aire libre y correr. Otros caminan por las veredas con seriedad, como si estuvieran haciendo trámites. ¿Dónde irán? ¿Dónde habrán estado? Parece que fueran inmersos en profundos pensamientos acerca de eso que acaban de hacer o de ese lugar al cual se dirigen tan ensimismados.


           Los que andan solos parecen ir siguiendo un hilo invisible a los demás y van así, con sus marcas de mordeduras, raída la pelambre, cojeando acaso una pata.


Algunos parecen prescindir de la especie humana y otros, parecen buscarla incesantemente porque, en contraste con su paso lento y el raído pelo, suelen tener ojos escrutadores, también opacos pero profundos y que miran desde un abismo incomprensible y llevan una especie de sonrisa que dirigen a cualquiera que pose su mirada en ellos, aunque sea por un instante. A diferencia de los que van con su correa, ellos parecen buscar sin buscar: caminan lentamente, titubeando pero sin detenerse, hacia algo que siempre está en un rumbo lejano e incierto y a la vez voltean de repente la cabeza como esperando que alguien esté allí para llamarlos. Pareciera que viven algo en lo que no acaban de creer y aguardan que cualquier cosa venga a sacarlos de esa certidumbre y mientras tanto, esperan.


          En eso son como nosotros, que siempre esperamos cosas que no vienen y que no acabamos de creer en lo que nos rodea. Como ellos, buscamos cualquier esperanza capaz de convencernos de que pronto se presentará aquello capaz de decirnos que no, que las cosas en realidad no eran así y entonces, el sol habrá de salir y habremos de ser aquellos que hubiéramos querido ser.

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